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Tradiciones milenares

29 enero 2022

La salud según el Ayurveda, con Pilar de Prado

Para empezar, algunas definiciones y un poco de historia. En sánscrito, ayur significa conocimiento, veda significa vida. Etimológicamente Ayurveda significa entonces «conocimiento de la vida». Poesía aparte, nos encontramos frente al sistema de sanación tradicional de la India, y si no hablamos de inmediato de “medicina” es por precaución, pues en la base de este sistema se amalgaman elucubraciones que nada tienen que ver con procesos fisiológicos o aún psicológicos, sino con densas premisas filosóficas e, incluso, cosmológicas.

 

Por ejemplo: para el ayurveda existe una verdad fundamental, que aplica tanto al sujeto como al universo: según esa premisa, “Todo es Uno”. Esta unidad originaria es esencialmente “conciencia pura” (Purusha): algo que escapa a las categorías del tiempo y del espacio pero que puede ser experimentado “desde dentro”. Al intentar comprender qué significa este concepto desde el punto de vista humano, nos deparamos con muchas dificultades. Pero el inciso «desde dentro» es una clave útil: aunque no podamos ponerlo en palabras, todos sabemos – o más bien intuimos – qué es la conciencia. Justamente, porque la experimentamos desde dentro. Comprender el adjetivo «pura» complejiza las cosas. En cuanto a la premisa «Todo es Uno», las elucubraciones son seguramente infinitas. Pongamos entonces puntos suspensivos a esta reflexión y sigamos adelante. Para el ayurveda, el objetivo es la “iluminación” (Moksha). El «ejercicio espiritual” (Sahadana) es lo que conduce ella.

 

La salud y el bienestar físico (y emocional, psicológico, etc.) entran en este esquema, como una condición excluyente y necesaria para todo el resto. Pero no se trata del cuerpo por el cuerpo; se trata, más bien, de que el cuerpo de perturbe el camino de la interioridad, para que sea posible acceder a otros modos de la experiencia. Dicho esto, utilicemos la palabra medicina, pero con la correspondiente cautela, teniendo en cuenta que el objetivo aquí no es eliminar patologías o prevenirlas, sino ser un instrumento que apunta a algo más allá de si mismo, un medio para ensanchar la experiencia y vivenciar un determinado estado de consciencia.

 

Se ha especulado mucho sobre el origen de la medicina ayurvédica. Algunos estiman que es una disciplina con más de 5000 años de antigüedad. Lo cierto es que en algún momento de la historia (aproximadamente hacia el año 800 a.C.), los preceptos y técnicas fundamentales del ayurveda, transmitidos hasta entonces oralmente, fueron compendiados en los Vedas. Los Vedas son los textos sagrados del hinduismo. Según una línea interpretativa, constituyen los escritos religiosos más antiguos del mundo. Se dividen en cuatro libros, el último de los cuales – Atharva Veda – contiene el sistema de sanación.

 

Si bien hay evidencia suficiente de la influencia del Ayurveda en la medicina Occidental (se presume que el contacto con la medicina griega, por ejemplo, sucedió tempranamente), en el siglo XIX centros y escuelas ayurvédicas empezaron a proliferar en Gran Bretaña a raíz del proceso de colonización. Pero no fue un comienzo feliz. En poco tiempo la disciplina fue desestimada como mera superstición, las instituciones fueron cerradas y la enseñanza, terminantemente prohibida. A principios del siglo XX médicos hindúes y algunos ingleses avanzados comenzaron a comunicarse nuevamente y reevaluar la situación. La simbiosis era inevitable. Cuando India se independizó en 1947, el interés en la materia había renacido con tal fuerza que la censura se tornó insostenible. Comenzó entonces un intenso proceso de asimilación, que dura hasta la actualidad; muestra de ello es la declaración de los Vedas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 2008. A comienzos del siglo XXI  el interés se ha consolidado y expandido de un modo acelerado a lo largo y ancho del globo.

 

Nuestro país no es ajeno a este proceso, y el trabajo de Pilar de Prado desde su consultorio en Montevideo es un claro ejemplo. Pilar recuerda los años de facultad de medicina como un período en el que la pasión por la cura crecía, pero con ella crecía también una cierta incomodidad de fondo. Algo faltaba. Faltaba, antes que nada, energía. Las exigencias de la carrera habían socavado su salud y, a pesar del entusiasmo, el agotamiento se había instalado en su rutina. Su encuentro con oriente fue casual (si es que tal cosa existe) y sucedió por medio del yoga.

 

Al principio, la práctica llegó como un paliativo para dolencias puntuales; pero con el tiempo Pilar notó que desaparecían también los síntomas psicológicos del estrés y que nunca antes se había sentido tan bien, de un modo tan cabal. El instinto científico se aplicó entonces a un nuevo objeto: quiso comprender lo que estaba sucediendo. Se recibió, completó incluso la especialización en psico-neuro-inmuno-endocrinología, en medicina familiar y comunitaria, en homeopatía… pero la inquietud no cedía.

 

Esa inquietud la llevó finalmente a una escuela en la India, donde permaneció un año en completa inmersión. Al principio se abocó a investigar los efectos del yoga en la salud; luego descubrió el Ayurveda propiamente dicho y todo tomó un nuevo rumbo. Hoy, el objetivo de su praxis es integrar el amplio espectro de saberes adquiridos de tan diversas fuentes y adaptarlos a las circunstancias y condiciones del lugar y el tiempo que le toca vivir. Todo un experimento. Y todo un desafío.

 

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La Dra. Pilar de Prado, en su consultorio en Montevideo.

 

¿Cómo es una consulta ayurvédica? El encuentro inicial dura aproximadamente dos horas y comienza con un interrogatorio curioso, que incluye, además de cuestiones básicas relativas al histórico de desórdenes y al ascendente genético, preguntas como: ¿En qué posición duerme? ¿Tiene sueños recurrentes? ¿Cómo se enfada? ¿Cómo llora? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Su cuerpo tiende a estar caliente o frío? ¿Prefiere el sabor amargo o el dulce? ¿Cuán intensa es su sed? Enseguida se procede a observar la lengua y tomar el pulso, siendo que esto último se lleva a cabo mediante un toque diferente al de la medicina convencional. Se considera, luego, la mente. Entran en juego aquí las gunas – explica Pilar – que son “como estados mentales” y se cuentan en tres: Sattva corresponde a la claridad, Rajas a la acción y Tamas a la inercia. ¿Está la mente tranquila, hiperactiva o aletargada?

 

Tanto las preguntas como los pasos posteriores tienen el objetivo de determinar el estado del organismo en relación a las ama (toxinas), el agni (“fuego digestivo”), el prana (“energía vital”) y, fundamentalmente, detectar el dosha del paciente. Los doshas son algo así como el “biotipo” de la persona y también se cuentan en tres: Kapha, Pitta y Vata. Los doshas son tres grandes formas de funcionar, de enfermar y de sanar del organismo.

 

Con estos datos se procede a identificar la fuente del desequilibrio, que en general implica una carencia o un exceso de alguno de los doshas, un desajuste del agni y una acumulación de ama. Elaborado el diagnóstico se planifica el tratamiento, que incluye una pléyade de procedimientos tales como modificaciones en la alimentación, prescripción de especias y plantas medicinales, rutinas de limpieza, prácticas corporales como el pranayama (ejercicios respiratorios) y mentales como la repetición de mantras, etc. Si el paciente se compromete con el tratamiento, la mejora sobreviene en pocas semanas.

 

Pero este no es el final del camino. Si el equilibrio ha sido restablecido un nuevo horizonte se despliega. De hecho, empieza aquí la mejor parte. Más allá de la desintoxicación y la armonización de cuerpo, mente y espíritu, está el Rasayana: la disciplina ayurvédica del rejuvenecimiento. En esta instancia se utilizan sustancias que actúan sobre tejidos, órganos y sistemas puntuales, tonificándolos y potenciando su funcionamiento. La mayor fuente de rejuvenecimiento, sin embargo, es mental, y consiste en adquirir y perpetuar un estado interior muy específico. “Estar en el dharma”, dice Pilar.

 

Estar en el dharma es “actuar de modo acorde a la naturaleza”, “remar a favor de la corriente”. Para aclarar lo que significa “no estar en el dharma” un maestro invocaba la imagen de un elefante queriendo volar o un pájaro queriendo nadar. Estar en el dharma es la clave de acceso a eso-otro, que a falta de vocabulario y más allá de cualquier banalidad, consiste en un estado de consciencia diferenciado. Esto es, también, lo más difícil. Pero como decía Platón: “todo lo bello es difícil”. Y como decía Sivananda: “siembra un pensamiento y cosecha una acción. Siembra una acción y cosecha un hábito. Siembra un hábito y cosecha un destino”.

 

 

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Escrito por:
N. Costa Rugnitz
N. Costa Rugnitz