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“No se puede generar una identidad de país sin apoyo al diseño”

21 enero 2022

Entrevista con Ana Livni

Comprar, usar, tirar, olvidar. Primavera/verano; otoño/invierno. Las temporadas pasan, el placar cambia. La prenda que hace tres meses colgaba orgullosa en un lugar de preferencia dentro del ropero, hoy no tiene espacio ni en el último cajón de la cómoda. En un mundo pautado por lo efímero y por tendencias que se renuevan permanentemente, la vida útil de la ropa es cada vez menor. Pero en medio de la locura textil de un mundo conectado a 220, Ana Livni hace una pausa y se toma un té. Desde el atelier de la marca que lleva su nombre –y que desde hace casi 20 años lidera junto a su marido Fernando Escuder– la diseñadora textil sostiene su taza y reniega con firmeza del statu quo que rige hoy el acelerado mundo de la moda. En ese rincón iluminado de la calle 25 de Mayo, el frenesí no tiene lugar.

 

Desde su creación, Livni apostó a un concepto que se fue formando de a poco: el slow fashion, la moda lenta. Junto a Escuder –ambos egresados de las primeras generaciones de la hoy Escuela Universitaria Centro de Diseño–, la diseñadora propuso un manifiesto innovador que rige sus creaciones y también su vida. Las prendas que tienen la etiqueta de su marca están hechas con tiempo, dedicación e investigación; se pueden usar durante años y luego combinar con otros diseños. Las temporadas no existen en su universo y todo puede ser reutilizado. Las materias primas son, en su mayoría, autóctonas, y la producción se desarrolla exclusivamente en Uruguay. El consumismo, cuando se ingresa a su atelier de Ciudad Vieja, queda afuera. La firma es una bandera de lucha contra el consumo desenfrenado, una pelea que Livni no tiene intenciones de abandonar.

 

“No somos el supermercadito de la moda, no somos una marca que a va a proponerte cada dos semanas algo nuevo. Lo viejo, en muchos aspectos del arte, siempre tiene más valor. Trabajamos desde el convencimiento de que el producto es para perdurar, no para descartar. Yo estoy convencida de ello”, dice, mientras hace una pausa más y toma otro trago de té.

 

–¿Cómo decidió comenzar con la marca Ana Livni? En el país no se vivían momentos fáciles.

 

No, estábamos en plena crisis de 2002. Siempre digo que las crisis pueden ser vistas, también, como oportunidades. En ese momento vimos la oportunidad. La gente no estaba viajando, tenía que consumir productos de acá. Estábamos trabajando en otra empresa textil donde, como la situación no era la mejor, nos abrieron las puertas para comenzar con pequeñas colecciones; allí estaban acostumbrados a hacer producciones masivas, a mandar series de miles de pantalones a Estados Unidos. Comenzamos trabajando con las mejores industrias textiles de Uruguay que había en la época, con sus materias primas. Y en 2002 abrimos nuestro primer local en Ciudad Vieja, que estaba por la calle Maciel a pocas cuadras de acá. Ahí estuvimos hasta 2005 y en ese año nos mudamos a donde estamos ahora.

 

–El hecho de que no hubiese dinero, evidentemente, hacía que se apostara mucho más a la creatividad.

 

Nuestro proyecto partió de tratar de generar algo nuevo, de algo que nos motivara a crear; nunca surgió como un negocio de modas, sino como una necesidad de creación. Pero sucedió que empezamos a vender en Argentina muy rápido, casi al mismo tiempo que arrancamos acá. El diseño era algo muy emergente allí, con mucha potencia. Y pensamos que Ciudad Vieja se iba a transformar en un Palermo uruguayo, pero lamentablemente nunca lo llegó a ser.

 

–Sin embargo, de alguna manera la zona se transformó mucho.

 

Sí, lentamente. Fuimos de los primeros en apostar a ella. Sobre todo a esta parte, que es más under. Cuando la gente pregunta por qué Ciudad Vieja, si uno mira un poquito hacia Argentina o las ciudades europeas, las grandes marcas de diseño se ubican en los cascos históricos. Esos sectores son considerados siempre como lugares de comida, de diseño, de espectáculos. Son lugares que ofrecen creatividad, que ofrecen al público un paseo diverso.

 

–¿Cómo cambió el rubro del diseño textil en estos años de vida de la marca?

 

Cuando abrimos no había nadie alrededor. Éramos de los pocos en el rubro. Existía sí el diseño de alta costura, otras propuestas. Pero en ese momento, en 2002, recién estaban empezando a surgir nuevas marcas. Una de nuestras grandes misiones en ese entonces fue generar cultura, educar. Que la gente viniera y se llevara algo, pero que fuera algo más que un producto, que fuera un mensaje. Queríamos que supieran cómo estaba hecha la prenda, por qué había sido hecha de esa manera. Una fusión entre arte y diseño, que surgiera desde nuestro trabajo. Hoy, las personas están mucho más educadas, hay más propuestas, semanas de la moda. Surgió un terreno en el que la gente se familiarizó mucho más con el diseño.

 

–En esa línea de ofrecer algo más, sus desfiles se han caracterizado por tener mucho de espectáculo. ¿Eso de dónde viene?

 

La palabra “moda” un poco me molesta, porque todo parece efímero, pasajero. Me gusta hablar más de diseño. Y me gusta la palabra espectáculo para hablar de los desfiles, porque así los concebimos. Cuando uno genera un concepto, invita a artistas a participar, busca un lugar específico y hay una temática por detrás, se convierte en un show o un espectáculo. Es mucho más que en un simple pasaje de ropa. Desde ese lugar de buscar y comunicar es que surgió la idea de hacer estos espectáculos. El primero fue en la calle Maciel, después en el Museo del Vino, en el Palacio Santos, en el Museo Nacional de Artes Visuales, dos veces en el Solís. Es eso, llevar la moda a otros lugares, sacarla de sus convenciones, quitar todo lo que no nos interesa, toda la frivolidad de la que queremos alejarnos.

 

–¿Qué elementos no pueden faltar en estos espectáculos?

 

Cada presentación es parte de la anterior. Es como un solo libro que vamos escribiendo por capítulos. Generalmente hacemos una presentación anual, no siempre de la misma magnitud. Estos capítulos están unidos al anterior y nunca están aislados de la temática del slow fashion, del diseño y el arte. Nos volvemos a repetir porque miramos mucho hacia adentro, para también poder tener un producto con identidad, algo que no es nada fácil. A veces es el lugar donde se van a realizar el que nos va guiando, otras veces el tema o lo que queremos mostrar. Armamos un puzle de diferentes expresiones artísticas; es un proceso a partir de un concepto.

 

–¿Cómo es trabajar con su pareja después de tantos años?

 

Tiene sus ventajas y desventajas. Pero hemos aprendido a respetarnos cada uno desde su lugar, porque tenemos áreas bien diferenciadas. Él se dedica al estampado, a la gráfica y la comunicación y yo más a las texturas, los tejidos, la forma del producto y la producción en sí misma. Dentro del métier de cada uno, tenemos conceptos en común, los separamos, los trabajamos y los volvemos a unir. Siempre estamos dialogando, pero dejando que cada uno trabaje su lugar como le parezca porque tenemos confianza. Después de todo este tiempo ya hay códigos establecidos.

 

–¿Cómo surge el concepto de slow fashion?

 

Cuando estuvimos en Italia, durante nuestra beca, nos interesamos mucho en el movimiento slow food que fue creado allí. Y al llegar acá nos dimos cuenta de que cuando la gente nos preguntaba qué traíamos de nuevo, nosotros contestábamos “nada”, porque no nos había surgido nada nuevo y creímos que era válido seguir por los caminos ya establecidos. Entonces empezamos a ver cómo era nuestra forma de trabajar y que estábamos insertos en una ciudad lenta como Montevideo. Empezamos a decir que queríamos hacer vestimenta lenta, que no hacíamos cosas por el impulso que te exige la moda de usar y tirar, no hacíamos liquidaciones ni cosas parecidas. Empezamos a llamarnos “moda lenta” de forma intuitiva, porque en esa época no había nada así. A medida que escribíamos cosas y seguíamos, nos invitaban de otros países. En la región comenzaron a armar pasarelas a raíz de nuestro concepto, empezamos a trabajar con diseñadores extranjeros y fue tomando forma el concepto. Fuimos pioneros en la región.

 

–Abrazar la idea de que esto que uso ahora lo puedo usar dentro de cinco años.

 

Claro. Nuestras clientas vienen con una prenda de hace diez años y la combinan con otras, o la regalan porque se aburrieron de usarla pero tiene un valor, no se descarta. El cartón de cada prenda dice “no al consumismo, si al consumo ético y responsable”. Cuidamos cómo se produce y hacemos todo en Uruguay, con materias primas locales siempre que podamos. Y no nos interesa solo el producto, sino el detrás del producto. Nos preocupan todos los procesos; el diseño tiene que preocuparse de todos los ciclos de vida del producto.

 

–¿Cómo se construye la identidad de una marca como Ana Livni?

 

Tiene dos instancias. Desde el vamos, uno comienza a mostrarse de determinada manera, con productos simples, pero con mucho trabajo detrás, que no quieren ser recargados y que tienen mucha investigación de color, de textura, de materiales. Pero obviamente uno va construyendo la identidad a medida que se va creciendo. En el camino se aprende y se elige lo que más le sirve, siempre en pos de tener mejores resultados. Siempre digo que acá, en Uruguay, lo único constante es el cambio, porque nos hemos topado con tantos cierres de empresas uruguayas que estamos un poco apaleados. Pero siempre levantamos la frente y buscamos nuevas opciones para crear desde el diseño. Son las condiciones de este pequeño mercado, donde ahora hay apoyos, pero que no los hubo en su momento. Muchas empresas textiles no se pudieron reconvertir, aunque ese es un problema mucho más macro que no me compete.

 

–¿Tendría que haber más apoyos estatales al diseño?

 

Creo que sí. Si estamos hablando de país natural, de identidad, todo eso lo generás con diseño. No hay manera de generar identidad de país sin apoyo al diseño. En Argentina, por ejemplo, ya lo hay. Acá aparece tímidamente, pero dos por tres se cae. Nosotros ahora somos parte de la marca país, por ejemplo.

 

–¿Por qué eligieron la lana merino como su principal herramienta de trabajo?

 

Es una muy buena lana y tiene gran calidad. Y es propia del país. Acá había, en su momento, siete millones de ovejas para tres millones de habitantes. Cada oveja puede producir cuatro buzos por persona. Y el problema es que se exporta la mayor parte de la lana sucia y después la compramos de vuelta pagando el valor agregado a otro país. Entonces, justamente queríamos revertir eso, generar el valor agregado y que quede acá; poder brindar el diseño terminado.

 

—¿Qué ve en el futuro de la marca?

 

Me encantaría llegar a Japón como mercado, me han dicho que podría ser un buen destino para nuestro producto. A Europa también, porque hemos llegado pero poco. Hay un mundo entero al que llegar. Pero siempre con el objetivo de no perder el eje de la pequeña escala, que es lo que te permite estar en contacto con el producto como lo hemos hecho desde el principio.

 

 

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Escrito por:
Emanuel Bremermann
Emanuel Bremermann