Frankenstein Boris Karloff 12

La vigencia del monstruo

03 julio 2021

“Vi —con los ojos cerrados, pero con viva claridad mental– al pálido estudioso de las artes ocultas arrodillado al lado de la cosa que él mismo había armado. Vi extendido el horrible fantasma de un hombre, y luego, a impulsos de alguna máquina poderosa, mostrar signos de vida y agitarse con movimientos torpes, como los de un ser vivo”

Así describe Mary Shelley la chispa que encendió el mito de Frankestein. La visión que tuvo del protagonista de lo que sería una de las primeras obras de ciencia ficción, la historia gótica con más potencial de realidad de todos los tiempos.

Frankestein o El moderno Prometeo nace de este vientre creativo tan particular: una mujer jovencísima con un pedigree poderoso y una educación totalmente fuera de época. Mary Shelley tenía apenas 18 años cuando vivió con su pareja, el poeta Percey Shelley, cerca del lago de Ginebra y los Alpes suizos. Eran vecinos de Lord Byron; con el poeta inglés solían pasar muchas horas en su casa, en la célebre Villa Diodati. En esas tardes y noches los acompañaban el médico de Byron, John Polidori, y la hermanastra de Mary, Claire Clairmont. El grupo se sentaba junto al fuego y buscaba amenizar un invierno que venía siendo demasiado largo y crudo por la erupción del volcán Tambora en el sudeste asiático. Los encuentros discurrían con toques de oscura sofisticación: tomaban vino, fumaban opio y conversaban sobre historias de fantasmas que leían en libros alemanes. Se colaban en las conversaciones algunos temas de actualidad. Eran tiempos truculentos en cuanto a lo que se pensaba de la vida y la muerte. Los estudiosos profundizaban en el saber anatómico a través de las disecciones. Llegaban noticias sobre entierros prematuros y existía un mercado negro de cadáveres. El galvanismo estaba dando que hablar: buscaban reanimar cuerpos por medio de la electricidad. Mary Shelley escuchaba y mantenía silencio. Su historia familiar había estado tempranamente marcada por la muerte. Había quedado huérfana de madre siendo muy pequeña. Una madre muy particular: Mary Wollstonecraft había sido una de las primeras feministas británicas. En su libro Vindicación de los derechos de la mujer, publicado en 1792, la madre de Mary insistía en que la aceptada debilidad innata femenina era el resultado de una formación cultural desigual. La educación de su hija, sin embargo, fue por otros carriles. El padre de Mary, William Godwin, ensayista y novelista de renombre, se volvió a casar y tuvo más hijos. Y en esa familia grandes y chicos leían y escribían. Percy Shelley había admirado profundamente a Godwin y fue en su casa donde conoció a Mary, que entonces tenía 16 años. Shelley estaba casado, pero eso no impidió que se fugaran juntos y llevaran una vida de nómades hasta su muerte trágica en el agua, ocho años después.

La gran amistad de Shelley con Lord Byron propiciaba encuentros efervescentes como el de Villa Diodati. En una de esas veladas de rayos y tormenta el dueño de casa lanzó el desafío: “’Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas’ —dijo—; y todos aceptamos su proposición”, recuerda Shelley en su prólogo. Una noche Mary no pudo dormir: “Mi imaginación desatada me poseía y llevaba, y otorgaba a las sucesivas imágenes que se formaban en mi mente una vivacidad que excedía holgadamente los límites del ensueño”. En ese estado surgió la semilla del mítico Frankestein: un monstruo creado a partir de diferentes partes de cadáveres al cual se le da la vida. El recién nacido era un horroroso ser de ojos amarillos que Mary Shelley terminaría de definir en los siguientes dos años. Un ser que nunca tuvo nombre. Nacía la novela gótica más importante y revisitada de todos los tiempos. Fue publicada anónimamente en 1818.

Mary Shelley (1797-1851)

La trama se inicia con las cartas del capitán Walton a su hermana mientras navega por las aguas inexploradas del mar Ártico. Allí rescatan a un científico de Ginebra, Víctor Frankestein. El científico relata cómo creó a la criatura y cómo luego la abandona y la venganza que esto supone con el asesinato de las personas más allegadas a él. A través de una narración estructurada en forma de cartas y de diario (el capitán Walton irá anotando en ese formato lo que le va contando Victor Frankestein) asistimos al dilema moral del científico, pero también conocemos la tragedia del monstruo: un ser que tiene voz, que se expresa con un lenguaje refinado, que muestra tener sentimientos y un gran desamparo más allá de su agresividad.

El mito en el tiempo. Frankestein o El moderno Prometeo tiene múltiples lecturas. Ana G. Broggio, trabaja desde hace muchos años en el tema de literatura gótica y especialmente en la labor de Mary Shelley. En una de sus ponencias Broggio desmenuza el contexto histórico y científico que rodeaba a la obra y explica el porqué del nombre “El moderno Prometeo”.

Recordemos, sintéticamente, lo que significa este mito: en la mitología griega, la figura de Prometeo está íntimamente ligada a la humanidad. Desafiando al dios supremo, el gran Zeus, Prometeo intenta favorecer a los hombres entregándoles el fuego —robado a los dioses—, elemento esencial no solo en el sentido material (como un símbolo de la tecnología), sino también en el orden espiritual, pues el fuego es el símbolo de la vida, de la energía, de la inteligencia que mueve a los humanos.

Ana G. Broggio explica que Mary Shelley fue vocera de una visión sombría y crítica del mito prometeico, ya que, en el intento de crear vida, Víctor fracasó doblemente. “En primer lugar porque la criatura es rechazada por su padre y es incapaz de convivir con los demás. Y en un sentido más profundo, “el hombre no puede mancillar lo que corresponde a los dioses”.

El monstruo es un ser ambiguo con el potencial de representar distintos dilemas éticos. Según la época, Frankestein ha servido para encarnar el mal desde distintos ángulos. En su momento, explica Broggio, “la obra fue vista como una metáfora política de la Revolución Francesa, porque se decía que había nacido virtuosa y había terminado sanguinaria. Frankenstein fue una proyección de Napoleón Bonaparte y también de la amenaza del proletariado. La figura se utilizó también como argumento contra la reforma electoral de 1832; el Primer Ministro Lord Gray y el político Henry Brougham fueron llamados “Frankenstein y su demencial ayudante” ya que la propuesta implicaba mayor representación para las ciudades grandes de Inglaterra y Gales, el monstruo aquí era el voto popular”. Incluso “el ilustrador de Alicia en el país de las maravillas, Sir John Tenniel, dibujó al Frankenstein irlandés y al “brummagem” tosco y grosero, contrario al buen caballero”.

Boris Karloff como Frankestein en el filme de J. Whale (1931)

En el ámbito cinematográfico se han elaborado distintas versiones. La primera fue creada por Thomas Alva Edison en 1910 donde aparece una criatura deforme irrumpiendo borrosamente en una casa de familia. En 1931, en el filme de James Whale, se inmortaliza la imagen de Frankestein con la memorable interpretación de Boris Karloff. A partir de este film surgieron una veintena de otras películas y directores que han vuelto una y otra vez a este mito, en su mayoría de forma bastante alejada de la verdadera personalidad del monstruo. Tal es el caso de la película de Kenneth Branagah protagonizada infelizmente por Robert De Niro, la serie británica Penny Dreadful y algunas películas que se relacionan más indirectamente con esta historia como Blade Runner.

Uno de los artistas contemporáneos que se inspira con más talento es Tim Burton. Claramente en Frankenweenie donde un niño revive a su perro usando un rayo y la electricidad. Pero también con El cadáver de la novia, Pesadilla antes de Navidad,  El joven manos de tijera, y en Vincent tenemos claros ejemplos de una influencia fuertísima de esta historia legendaria.

El monstruo hoy. Lo más increíble de esta criatura creada por una jovencita hace 200 años es la vigencia que tiene en relación a los desafíos que plantean los últimos avances de la ciencia. En su libro Breve autoficción intelectual – Ensayos de sociología de la cultura (2018), el sociólogo y ensayista uruguayo Felipe Arocena reflexiona lo siguiente en relación a los límites de la ciencia: “Se está cerca de crear vida artificialmente. De hecho, ya se logró construir por computadora la totalidad de ADN de una bacteria, que fue introducido en una célula vacía de otra bacteria, y se consiguió crear un organismo único completamente nuevo. En esta ocasión el recipiente de esa cadena genética era una célula viva, pero el organismo resultante es creado artificialmente al introducirle el cromosoma elaborado por el ordenador. Falta poco, muy poco, para que de materia inerte se consiga crear vida que se reproduzca por sí misma y esto nos llevará a una discusión completamente nueva de qué es la vida. ¿La vida artificial es vida? ¿Le llamaremos vida cuando una computadora la cree?”.

Consultado puntualmente sobre el mito de Frankestein y su vigencia, Arocena entiende que es interesante entenderlo como una alegoría del poder de la ciencia una vez que ésta se libera de toda limitación religiosa, ética o moral: “Hay varios caminos para pensar un Frankestein en el siglo XXI. Se me ocurren al menos tres. El primero es la clonación, el segundo es la cirugía uniendo cabezas y cuerpos como el ejemplo que está en el segundo capítulo de mi libro. Y el tercer camino podría surgir del enorme poder computacional junto a la ingeniería genética y la impresión 3D. Este tercer camino es el que está recorriendo el transhumanismo, concentrado sobre todo en Sillicon Valley. Los millones de dólares que están invirtiendo en la investigación para superar la muerte. Nuevamente, estas posibilidades, algunas que ya son realidad como la clonación, son la consecuencia del carácter prometeico de la ciencia moderna. Prometeico es justamente cuando la ciencia no tiene límites, jugamos a ser dioses”.

Otro uruguayo que ha reflexionado sobre el tema del cuerpo y la tecnología es el novelista Rafael Courtoisie. Su libro La novela del cuerpo (2015) aborda la posibilidad de consumir un cuerpo nuevo: cirugías, trasplantes, operaciones gástricas e impresiones 3D para los implantes. Sobre la vigencia de Frankestein Courtoisie dice: “Es una novela absolutamente preclara del origen de la literatura gótica y un siglo y poco después se une con una posibilidad tecnológica real, ese es el estremecimiento que provoca hoy. Anticipa la posibilidad de creación de vida mucho más allá de la genitalidad. La vida hecha en laboratorio, a través del genoma humano. En ese sentido tiene una gran capacidad anticipatoria”.

A nivel más global, un pensador muy famoso en este momento es el profesor israelí Yuval Noah Harari. En su libro Homo deus, breve historia del mañana (2015) también plantea la gran probabilidad de crear vida por medio de la ingeniería genética, la cual apuntará a crear nuevos tipos de seres orgánicos. “Los principales productos de la economía del siglo XXI no serán los textiles, vehículos y armas, sino más bien los cuerpos, cerebros y mentes”, dijo en una entrevista. Esto no solo será una de las mayores revoluciones de la historia, sino la mayor revolución de la biología, según Harari, quien denomina a los descendientes del Homo sapiens, Homo deus, porque “tendrán poderes divinos de creación y de destrucción”.

Estamos hablando precisamente del transhumanismo al que se refería Arocena, un movimiento cultural e intelectual internacional que existe hace décadas y que tiene como objetivo transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnología ampliamente disponibles para mejorar las capacidades humanas. Una corriente que ha recibido muchísimas críticas y el comentario preocupante de que la humanidad ya es transhumana. Una tendencia que empezó hace 200 años, ni más ni menos, con el moderno Prometeo.

 

 

 

Escrito por:
Malena Rodríguez
Malena Rodríguez