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La costa señalada

24 diciembre 2021

Si los edificios tuvieran personalidad, tal vez los faros serían seres melancólicos. Quizá esto no pase de una percepción subjetiva, suscitada por una visión del futuro en la cual la geolocalización, completamente resuelta mediante tecnología satelital, arroja a los faros en la mayor de las obsolescencias. Quizá el espíritu melancólico surja de la asociación, casi inevitable, ente el faro y la soledad. En cualquier caso los faros son, por sobre todas las cosas, entidades poéticas: no solo en virtud de sus orígenes, hundidos entre la historia y el mito (el monumental faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo, fue el primero del tipo) sino porque evocan, con fuerza y de modo inmediato, la inmensidad del océano.

 

Además de melancólico y solitario, desde lejos el faro parece un gigante pétreo, ciclópeo, que se enfrenta a la intemperie de modo estoico ejerciendo sin intermitencia su función de guía y conductor. Un faro es un protector de los hombres, y por eso goza también de un cierto carácter heroico.

 

Pero lo que a la distancia parece blindado y estático, al descubrirse de cerca y por dentro se revela lleno de vida y movimiento. En un pequeño libro redactado por el Capitán de Navío Federico Merino, el autor se refiere a los habitantes del faro como “tripulantes”, de modo que el propio edificio se revela de pronto una nave y sus moradores, como navegantes.

 

En Uruguay hay once faros. Todos fueron construidos entre los siglos XIX y XX y cada uno tiene características distintivas que surgen de la localización o el tiempo histórico en que fueron concebidos. Recorreremos a continuación algunos de ellos.

 

El faro del Cerro y el de la isla de Flores, por ejemplo, son los guardianes de la bahía de Montevideo. El del Cerro fue construido nueve años antes que la fortaleza, por la cual se encuentra rodeado: los cañones de la misma se probaron por primera vez en 1811, rompiendo, según relatan las crónicas, varios vidrios de la farola. Fue además el primero del Río de la Plata y corona un sitio icónico no solo para el imaginario capitalino sino para el conjunto de la historia nacional; allí tuvieron lugar episodios de la Guerra Grande, de la llamada Guerra de Aparicio, batallas navales asistidas por los tiros de cañón de la fortaleza… a los pies del faro.

 

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Faro del Cerro de Montevideo

 

La duración del “eclipse” (así se llama en lenguaje náutico el tiempo de oscuridad que separa las intermitencias lumínicas) del faro del Cerro es de tres minutos, y su destello es fundamental para guiar a los buques que se aproximan al puerto.

 

El de la isla de Flores, por su parte, acompaña al del Cerro como ayuda de navegación en las proximidades de la capital. Fue inaugurado en 1828, respondiendo a la iniciativa del Dr. Lucas Obes (hombre de avanzada para la época y naviero él mismo) con el fin de evitar los constantes accidentes que se sucedían década tras década entre Flores y el así llamado Banco Inglés , donde hay un canal de diez millas de ancho. El faro de Flores marca el norte del canal; una vez avistado, las embarcaciones pueden orientarse de modo a evitar el peligro.

 

Faro de la Isla de Flores

 

El faro de Colonia fue erigido en 1857. Su eclipse es de nueve segundos y tiene la peculiaridad de emitir un destello colorido: rojo. De los más pintorescos de nuestro recorrido, la característica más notable de este faro es que está construido sobre las ruinas de un antiguo convento del siglo XVII: el edificio emerge blanco y reluciente entre gruesas paredes de piedra añeja, dando lugar a un conjunto singular.

 

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Faro de Colonia

 

El Faro de la Isla de Lobos y el de Punta del Este están casi enfrentados: de hecho, Lobos puede divisarse desde la Playa Brava. El de Punta del este fue construido en 1860 y durante mucho tiempo fue el centro de toda la actividad de la zona. Adentrado el siglo XX se reconstruyó, añadiendo habitaciones no solo para los tripulantes sino también para el personal que de allí se trasladaba a Lobos con diversos fines.

Lobos, por su parte, es el del faro de recalada más importante y el mejor equipado del país: además de la señal lumínica es un “radio-faro”, es decir: una estación transmisora que emite una señal de radio informando la localización exacta el navío y la dirección en la que se encuentra la estación transmisora. Para los días de niebla cerrada Lobos posee, además, una sirena de niebla, cuya voz es capaz de vencer la bruma y cumplir la función de guía de los navegantes lejanos.

 

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Faro de la Isla de Lobos

 

En el otro extremo de la costa se sitúa el faro de Cabo Polonio. Este faro fue construido en 1881 en un entorno sumamente bucólico; un escenario sublime; bello, pero también peligroso. Los alrededores del cabo están minados de puntas rocosas, algunas que se prolongan hasta la superficie (donde son tapizadas por leones y lobos marinos), otras sumergidas a mayor o menor profundidad, todas implicando un alto riesgo para la navegación. Su eclipse dura doce segundos. Debido a las nieblas espesas, típicas en la entrada del Plata, el faro de Cabo Polonio es también, como el de Lobos, un radio-faro.

 

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Faro de Cabo Polonio

 

Por último, el faro de la Panela. Construído en 1915, este faro es uno de los más peculiares de nuestra costa – aunque, no obstante, uno de los menos conocidos. Rodeado completamente de agua, Panela se encuentra en la ruta de los buques de cabotaje entre Montevideo y Buenos Aires. Originariamente era una gruesa torre de hierro y hormigón de diecisiete metros; hoy es una atalaya tubular de fibra de vidrio de doce metros, pintada a rayas rojas y blancas. Campeando aislado se levanta, extremadamente eficiente a pesar de su altura discreta, sobre un conjunto de rocas pequeño pero agresivo que emerge en esta parte del río.

 

Fue una nave tripulada hasta 1951; desde entonces, sin embargo, el mecanismo del faro es automático – el paso de la llama gas inicial a los paneles solares actuales es un claro ejemplo del cambio tecnológico que atraviesa el mundo contemporáneo hasta los rincones más recónditos. Antes de la automatización, las crónicas relatan que los fareros que trabajaban allí pasaban meses y aún años en las dos habitaciones que componían la edificación, por lo cual surgieron en Panela personajes inusitados.

 

Completan la colección el faro del Cabo Santa María, que ayuda a los navegantes que se mueven lejos de la costa y en ocasiones no avistan el de Cabo Polonio; el de José Ignacio, que se levanta en una zona costera altamente comprometida donde han tenido lugar innumerables naufragios; el de la Punta Brava, que es el de Punta Carretas y el del Farallón, que se adentra en el Plata más allá de Colonia.

 

Entre heroicos y melancólicos, con o sin tripulación, estos once faros que forman como una línea de frente en la que Uruguay se enfrenta al mar y al océano. Vale, en fin, visitarlos: verlos de lejos y de cerca, observarlos por fuera y por dentro. Descubrir los ingeniosos mecanismos que los habitan y animan y mirar el horizonte, dejándose atravesar por el espíritu poético que impregna los alrededores de estos edificios peculiares… y a ellos mismos.

 

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Escrito por:
N. Costa Rugnitz
N. Costa Rugnitz