Mujer Ante El Espejo

Herencias inusitadas

04 febrero 2022

Sobre arte y género

La configuración de los roles de género y el lugar que ocupa la mujer en la sociedad son temáticas e interrogantes muy propias de nuestro tiempo. Sin embargo, la reflexión a su respecto puede rastrearse en distintas épocas. Si emprendemos un camino desde la historia del arte hasta la historia de la cultura, el caudal de referencias visuales y gráficas nos permite adentrarnos al mundo de significaciones socioculturales de los diferentes períodos.

 

Este artículo se centra en el Renacimiento, ya que fue un momento singular e interesantísimo, con una vasta producción artística, un rico patrimonio literario y una gran novedad en el mundo del arte: los tratados.  El género tratadístico – en el que ilustres artistas como Palladio, Ghiberti o Vitruvio comienzan a desarrollar postulados teóricos sobre distintos lenguajes artísticos – elevó a los artistas al rol de intelectuales y les permitió no solo realizar obras de arte, sino exponer sus ideas, técnicas y teorías; inevitablemente, sus concepciones artísticas estaban teñidas por sus cosmovisiones y el contexto sociocultural.

 

Tomemos algunas fuentes renacentistas como ejemplos para tejer estas relaciones socioculturales desde el arte: “El Tratado de la Pintura” de Da Vinci, “El Cortesano” de Baldassare de Castiglione y dos pinturas del emblemático pintor florentino Sandro Botticelli. Estas fuentes aportan una multiplicidad de miradas: la voz de un artista “genio” como Leonardo, el poder descriptivo de la pluma humanista de Castiglione y el mundo visual de Botticeli.

 

Leonardo Da Vinci escribe en su “Tratado de la Pintura”, una serie de consejos -casi al estilo de “mandamientos”- que el pintor joven debe tener en cuenta. En este tratado se hace evidente cómo la técnica es precedida por una visión y una sensibilidad determinada, porque para cada actor social Da Vinci asigna ciertas cualidades: las actitudes o movimientos de un viejo no deben representarse con la misma viveza y prontitud que los de un joven, ni los de una mujer como los de un hombre [1].

 

«Tratado de la pintura», Leonardo da Vinci.

 

Leonardo, por tanto, establece que se deben considerar las características somáticas, pero también lo actitudinal. Mientras que dedica varios “mandamientos” para explicar distintas y variadas actitudes del universo masculino, en relación al comportamiento de la mujer estipula: se representarán siempre con actitudes vergonzosas, juntas las piernas, recogidos los brazos, la cabeza baja y vuelta hacia un lado [2]. En segundo lugar, hace especial hincapié en la cuestión del pudor en las mujeres y los jóvenes: nunca se han de pintar con las piernas descompuestas o demasiado abiertas: porque esto da muestra de audacia o falta de pudor; y estando juntas es señal de vergüenza [3].

 

Resulta por lo menos curioso el hecho de que Da Vinci plantee que una mujer con las piernas muy abiertas demostraría audacia, cuando, en rigor, la audacia es una virtud ampliamente relacionada con el universo heroico masculino. No sería preciso afirmar que no existieron heroínas o mujeres audaces. Sí han existido mujeres cuya audacia las ha convertido en heroínas, como el caso de Juana de Arco o de Isabel I de Castilla, pero son justamente estas excepciones las que confirman una norma de mujeres resaltadas por otro tipo de virtudes.

 

Por su parte, Castiglione aborda la temática del rol femenino desde un ángulo muy particular. “El cortesano” se inscribe en el género del diálogo y desarrolla un intercambio entre distintos personajes de la corte de Urbino en el que intentan definir al cortesano perfecto. Es desde la idea del cortesano -como hombre de corte ideal- donde Castiglione inserta, ya en el prólogo, la cuestión de la mujer: porque para un perfeto cortesano se requiere una perfeta dama [4].

 

«El Cortesano», Baldassarre Castiglione.

 

Es importante aclarar que el hecho de que “El Cortesano” sea un diálogo – que emula el ambiente y las conversaciones de la corte – le permitió a Castiglione ahondar en temáticas desde múltiples miradas. En su obra conviven visiones misóginas, mensajes con tintes de igualitarismo y comentarios laudatorios sobre las mujeres y, así como se mencionan la belleza, la bondad o la vergüenza como características asociadas el género femenino, también hay otras cualidades, como la educación o la relevante relación de la mujer con el arte.

 

En el tercer libro, el diálogo se centra en intentar establecer las cualidades de la dama “perfecta”. Hay algunos rasgos que son comunes entre el cortesano y la dama: un linaje noble, la gracia o virtudes como la prudencia. Sin embargo, hay otras características que únicamente se corresponden con el ámbito de lo femenino: en la manera, en las palabras, en los ademanes y en el aire, debe la mujer ser muy diferente que el hombre [5]. Por ello, a lo largo del diálogo se aprecia una separación de conductas a partir del género: una mujer “debe” actuar por el sendero de la ternura, la delicadeza y dulzura; un hombre “debe” tener como faro la valentía y el coraje. Véase el siguiente ejemplo:

 

A las mujeres es permitido y debido que tengan más cuidado de la hermosura que los hombres (…) siendo un poco más gorda o flaca de lo que conviene, o siendo blanca o algo baza, es bien que se ayude con saberse vestir como mejor le estuviere; mas esto halo de hacer tan disimuladamente que cuanto más cuidado pusiese en curar su rostro y en traer su persona aderezada, tanto mayor descuido muestre en ello [6].

 

Ya en el capítulo VIII del primer libro se había mencionado la relación de las mujeres con la belleza, la importancia de ser, o al menos de parecer hermosas, por eso lo que naturalmente en esto no alcanzaron, con artificio trabajan para alcanzallo [7]. Se hace evidente que alcanzar la belleza – ya sea de forma innata o producida – es un rasgo más importante para el género femenino que para el masculino. También el diálogo se detiene en la bondad, la discreción, el cuidado del hogar y de los niños, la danza, la gracia, etc. En una línea análoga a la de Da Vinci, se remarca aquí la vergüenza natural de la mujer casta [8] y mientras que el cortesano se destaca por su ingenio, la dama ideal debe ser noble.

 

Es claro que Castiglione y Da Vinci manifiestan tanto explícita como implícitamente una visión que diferencia rasgos y ejercicios según el género. La pintura “Nastagio degli Onesti IV” de Sandro Botticelli -pintor florentino y renacentista- plasma, desde lo visual, algunas de estas premisas.

 

Botticeli representa una escena del “Decameron” de Bocaccio: el momento del casamiento del joven Nastagio. Los invitados se encuentran degustando el postre del convite separados por género. Ya esta elección sigue la línea de lo planteado por Da Vinci desde la técnica y por Castiglione desde la literatura. Ambos hacen énfasis en la importancia de la diferenciación física y comportamental entre hombres y mujeres. Pero sería muy lineal pensar solo en la separación de las mesas. Si se observa la zona femenina puede notarse la postura tímida, las piernas próximas, los brazos junto al cuerpo y una mirada baja. Esta forma de representación coincide con lo visto: aquella mujer que se caracteriza por la timidez y una actitud casta. Mientras tanto, Botticeli propone una mesa masculina donde prima mayor grado de movimiento, de distintas posiciones y actitudes, que contrasta con la homogeneidad de las mujeres.

 

«Nastagio degli Onesti IV», Sandro Botticceli (1483)

 

Hasta aquí podría pensarse que la representación femenina del Renacimiento se centra en mujeres tímidas y castas. ¿Y qué hay del caso de obras mitológicas como el Nacimiento de Venus de Botticelli? En medio de un paisaje marítimo y boscoso se encuentra Venus semidesnuda, apenas cubierta por el vuelo de su extenso cabello rojizo, junto con Céfiro -dios del viento-, Aura -diosa de la brisa- y una de las Horas, la diosa de la primavera. En este caso, no podríamos hablar tan fácilmente de castidad o de vergüenza… ¿por qué?

 

Una posible explicación de la investigadora Alejandra Val es que la representación de Venus, al ser una mujer del campo mitológico, mágico e idealizado, goza de otras licencias [9]. Es decir: como no es una mujer real, una mujer terrestre, su desnudo se legitima.

 

Sin embargo, y aún en este mundo mágico e idílico, Botticelli incorpora un detalle no menor: la diosa de la primavera espera a Venus con un ropaje, lo que podría sugerir que una vez que Venus pise con sus pies la tierra, ya el desnudo no tiene más lugar. El hecho de cubrir a Venus cuando pisa la tierra se relaciona, en cierta medida, con los conceptos de pudor, vergüenza y castidad planteados anteriormente por Da Vinci y Castiglione.

 

«El Nacimiento De Venus», Sandro Botticelli (1484)

 

Un tratado, un diálogo y dos pinturas no son insumos suficientes para trazar conclusiones. Sin embargo, es posible y legítimo ya notar que hay algunas continuidades que se asoman: mujeres representadas desde actitudes avergonzadas y castas, resaltadas por ser bellas y bondadosas. Quizás la gran pregunta sea: ¿ha caducado completamente esta mirada?

 

No podemos desconocer que la mujer en el mundo occidental ha logrado emanciparse en gran medida de los roles asignados históricamente y que los géneros están en un momento de cambio y revolución. El sufragio y la política, el mundo laboral y la educación han sido algunos de los ámbitos donde las conquistas han sido notables. Sin embargo, hay algo de esta visión – de 500 años de antigüedad – que sigue resonando en nuestra realidad. En los usos y costumbres sociales esta visión sigue estando presente: en la vestimenta, en rituales de belleza, en modelos de comportamiento, y en varios otros ámbitos… ¿o acaso “no te sientes así que no es de señorita” es una frase tan lejana?

 


[1] Leonardo Da Vinci. Tratado de la pintura (Buenos Aires: Agebe, 2004), 41.

[2] Leonardo Da Vinci. Tratado de la pintura, 48.

[3] Leonardo Da Vinci. Tratado de la pintura, 259.

[4] Baldassare Castiglione. El Cortesano, 37.

[5] Baldassare Castiglione. El Cortesano, 305.

[6] Baldassare Castiglione. El Cortesano, 313.

[7] Baldassare Castiglione. El Cortesano, 125.

[8] Baldassare Castiglione. El Cortesano, 312.

[9] Alejandra Val Cubero. La percepción social del desnudo femenino en el arte “siglos XVI-XIX”. Pintura, mujer y sociedad, 78.

Escrito por:
Daniela Kaplan
Daniela Kaplan