Hacer hablar a la pelota

18 junio 2021

No hay duda alguna que el fútbol, entendido como “dinámica de lo impensado” – parafraseando a Horacio Pagani -, donde “David” puede vencer a “Goliat” en noventa minutos, es una manifestación cultural donde la pasión y la emoción de uno de los deportes más populares en el mundo se hacen presentes.

Abordar la relación entre arte y futbol en Uruguay puede resultar obvio y contradictorio al mismo tiempo. Ello es así por el inconmensurable valor popular de este deporte entre nosotros, en contrapartida a una expresión que suele estar asociada – erróneamente – a la alta cultura o a sectores exclusivos de la sociedad.

 

En estos últimos años, especialistas de renombre en la crítica y la historia del arte han tratado este tópico, centrándose en cómo el fútbol se transforma en un estímulo creador para artistas. Desde Carmelo de Arzadun con sus niños jugando a la pelota del año 1919 – sumado a un accesorio enfoque de Rafael Barradas con su “Kiosco de Canaletas” o “El circo más lindo del mundo”, pintadas ambas en 1918 – hasta llegar a los trabajos de Alfredo Zorrilla – quien con una destacada y numerosa producción a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, se dedicó a retratar alineaciones completas de clubes de futbol -, podemos encontrar artistas cuya inspiración se centra en este popular deporte. Incluso hoy, importantes artistas como, Ignacio Iturria, Carlos Seveso Gabriela Acevedo y Daniel Supervielle son claros ejemplos del interés artístico por el futbol.

 

En función de esta realidad consolidada, aunque aún continua, pareció interesante realizar el recorrido inverso, presentando algunos de los tantos ejemplos en los que el fútbol uruguayo hará las veces de comitente, buscando en la creación de los artistas nacionales la forma de “hacer hablar a la pelota”.

 

Desde esta perspectiva identificamos las primeras referencias en los inicios de la carrera de José Belloni como escultor, al comienzo del siglo XX. El joven artista trabaja incansablemente, presentándose a todos los concursos abiertos y, en especial, a los relacionados con la creación de medallas. En el año 1913 obtiene el primer y segundo premio del concurso organizado por la Asociación Uruguaya de Fútbol, con el objetivo de premiar a los deportistas. En una de ellas se representan dos futbolers que estrechan sus manos mediante la acción de sostener un balón de fútbol, cuya dimensión excedía de lo habitual, en un intento por reconocer a la “pelota” como verdadera “reina” del deporte. Es significativo que uno de los jugadores se represente con el torso desnudo, en clara alusión a los atletas de la antigüedad. El otro jugador, completamente vestido e incluso utilizando una gorra es un goalkeeper, tal como lo establece la regla número cuatro de la FIFA desde 1909. En su mano derecha una rama de laurel expresa la idea de victoria que se consolida desde la antigüedad griega, tal como nos lo relata el poeta Ovidio en su libro “Metamorfosis”. Para mayor señalamiento, en la cara opuesta de la medalla puede observarse, precisamente, un árbol de laurel que rodea una zona en blanco, donde se grabarían los nombres de los futbolistas vencedores.

 

Años más tarde, con la llegada a nuestro país del Primer Mundial de Fútbol en el año 1930, es nuevamente el fútbol el que va en búsqueda del arte. En ese año el escultor José Luis Zorrilla de San Martín fue el encargado de diseñar la escultura que se proyectaba ubicar en la base de la torre de los homenajes del estadio Centenario, obra del arquitecto Juan Scasso. Utilizando también un lenguaje clásico, Zorrilla representó, en una maqueta, una alegoría de la victoria que tendría unos nueve metros de alto, sosteniendo en sus manos una palma y una antorcha, la cual sería encendida durante el desarrollo de las competencias. Lamentablemente el proyecto nunca se llevó a cabo, pero el arte no quedó excluido de aquel evento.

Medalla del Mundial de Fútbol de 1930, en la que se puede apreciar el lugar donde se ubicaría la obra de José Luis Zorrilla de San Martín.

 

Al momento de diseñarse el afiche oficial del mundial, las autoridades del futbol llamaron a concurso para que los artistas presentaran sus propuestas. El vencedor fue el uruguayo Guillermo Laborde, quien con un sentido planista e influenciado en parte por el nuevo gusto Art Déco – tipografía, color y propuesta formal – diseñó una sintética  representación de un goalkeeper impidiendo el ingreso del balón a su arco.

 

Pero no siempre el arte buscó ser un medio explícito – representando a sus actores y principal figura, la pelota -, al momento de transmitir un mensaje sobre el sentido y el valor que tiene futbol para los uruguayos. Entrada la década del ’50 y en oportunidad de celebrarse el Campeonato Sudamericano de 1956, nos vamos a encontrar con una nueva obra de arte de José Belloni destinada el fútbol, pero en este caso representando personajes que poco tendrían que ver con el juego. Evento organizado por la Asociación Uruguaya de Fútbol en ocasión de celebrar el cincuentenario de su fundación, se realizó en aquel año la séptima edición de los Campeonatos Sudamericanos Extra. Sumándose a las sucesivas y alternadas disputas de la Copa América, era el vigesimocuarto Campeonato Sudamericano de Selecciones que se disputaba. En él participaron Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y el anfitrión Uruguay, habiéndose jugado todo el torneo en su totalidad en el Estadio Centenario de Montevideo en pleno período estival, entre el 21 de enero y el 15 de febrero.

 

Cuando se observa el trofeo seleccionado por el comité organizador, nos encontramos con una obra que, a simple vista, poco tendría de “deportiva” pues no estamos hablando de una “copa” o trofeo tradicional, sino de una copia a escala menor de una obra escultórica pública perteneciente a aquel artista: “Nuevos Rumbos”.

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Los dos amigos. José Belloni. Trofeo para la Copa de Honor, 1964.

La elección corrió por parte del Consejo Nacional de Gobierno de aquel momento, estableciendo un paralelo político en las relaciones entre nuestro país y la República Argentina. El año 1955 había marcado uno de los peores momentos de la relación entre ambos países vecinos y, casualmente, acorde a lo planificado por la organización de aquel evento – atendiendo a que Argentina era el último campeón -, el fixture marcó como último partido y definitorio, el enfrentamiento entre ambas selecciones. En un estadio Centenario colmado por uruguayos y argentinos en plenas vacaciones, el resultado para nuestra satisfacción deportiva fue de 1 a 0 para los celestes.

 

Pero lo que no deja de ser un elemento de singulares características y significado fue el trofeo que se le entregó a los vencedores, que si hubieran sido los argentinos hubiese resignificado aún más su sentido y mensaje. La “copa” presentaba un gaucho y su china sentados sobre su caballo, cuya postura no presenta el más mínimo atisbo de movimiento, observando ambos con serenidad y curiosidad el horizonte, el futuro. La obra sintetiza la idea de lo nuevo, de los “Nuevos Rumbos” que se generan en el andar de la vida de cada ser humano y, en este caso, en el nuevo rumbo que se buscaba tomaran las relaciones entre orientales y argentinos.

Escultura Nuevos Rumbos. José Belloni, 1947

Pero este no será el único ejemplo donde el fútbol vaya en búsqueda del arte nacional como lenguaje representativo. En el año 1961 el Club Atlético Peñarol obtuvo el título de Campeón de América, marcando junto con otros títulos obtenidos en distintas competencias futbolísticas lo que fue una época dorada para su historia deportiva. En esa oportunidad uno de los rivales que debió enfrentar en cuartos de final fue el Club Universitario de Deportes de Perú. Luego de vencer al equipo peruano en el Estadio Centenario el 19 de abril de 1961 por 5 goles a 0, el equipo aurinegro debía viajar a Lima para la revancha a disputarse el 30 de mayo. Allí “la embajada peñarolense -tal como lo indica la crónica del diario El Día del viernes 12 de mayo de 1961-, portaba consigo un hermoso obsequio destinado al Universitario”. Se trataba de una pieza tallada en bronce por el escultor Belloni, titulada “Caballo corcoveando con jinete”.

 

En ella se observa a un gaucho oriental, demostrando sus habilidades para mantenerse sobre el potro que intenta quitárselo de encima. Buscado o no, el mensaje de la obra obsequiada representaba una muestra de lo que es una de nuestras más grandes tradiciones, al tiempo que una demostración del valor y la enjundia de los jinetes orientales al momento de enfrentarse a cualquier rival.

Caballo corcoveando con jinete. José Belloni, 1961

No hay duda alguna que el fútbol, entendido como “dinámica de lo impensado” – parafraseando a Horacio Pagani -, donde “David” puede vencer a “Goliat” en noventa minutos, se transforma en una manifestación cultural donde la pasión y la emoción de uno de los deportes más populares en el mundo se hacen presentes. Pese a ello no comunica nada. Es solo cuando va en búsqueda de los artistas – como hemos visto en algunos de los ejemplos aquí citados -, cuando logra que la pelota se “exprese”, tangibilizando emociones y sensaciones – a veces incluso algo irracionales – en el arte.

 

Escrito por:
Damiano Tieri
Damiano Tieri