Efímeros monumentos de la muerte

02 diciembre 2021

Catafalcos y rituales fúnebres

El ritual fúnebre parece ser cada vez más aséptico y corto, aun cuando el duelo constituya un proceso personal, ineludible y largo. Abreviados velorios y expresiones controladas de dolor dan forma al espacio social de la muerte. Si bien este fenómeno se ha acelerado en los últimos veinte años, el ritual fúnebre fue, a lo largo del siglo XIX – y una parte importante del XX –, heredero de una vieja cultura barroca. Esta tradición se la reconoce desde tiempos coloniales en nuestro país, continuando en las primeras décadas de la vida independiente, donde se identificaban formatos y aparatos escénicos originarios del siglo XVI. Una de estas manifestaciones de lo barroco fueron los llamados catafalcos o túmulos, construcciones que se reconocen inicialmente en las honras fúnebres de reyes y príncipes – sobre todo en aquellas celebradas por las coronas europeas y muy especialmente por la española –, extendiéndose luego a una parte más amplia de la sociedad, tanto en el viejo continente como en América.

 

Los catafalcos formaron parte fundamental del ritual mortuorio, adquiriendo mayor dimensión e importancia en función del lugar político y social del muerto. Se trataba de verdaderas arquitecturas efímeras que se instalaban en el interior de las iglesias – generalmente en el presbiterio –, alcanzando importante altura hasta ocupar incluso el espacio interior de la cúpula del templo. Arquitectos, carpinteros, escenógrafos y pintores se constituían, de hecho, en actores fundamentales de su concepción formal y decorativa.

 

Eran monumentos fúnebres que podían acompañar o no al velatorio, aunque generalmente se realizaban con posterioridad al mismo dado el tiempo que exigía su construcción. También podían realizarse en ausencia del muerto, fenómeno recurrente en caso de reyes o príncipes cuyas exequias también se celebraban en ciudades muy distantes.

 

El más antiguo registro gráfico de un catafalco en Montevideo es, precisamente, el del rey Carlos III, rey ilustrado que falleciera en 1788. Conocemos su diseño ya que ha quedado en archivo un dibujo de la época, siendo elaborado en Buenos Aires y armado en Montevideo – quizá por la ausencia de artesanos locales suficientemente formados o capacitados – varios meses después de muerto el monarca.

 

Esta pieza parecía inscribirse dentro de los cambios que la Ilustración incorporó en materia estética y formal – la evocación de una sobria pirámide responde sin duda al gusto neoclásico triunfante –, aunque aún permanece una fuerte presencia de la imagen cruda de la muerte bajo parámetros barrocos: tibias cruzadas y el esqueleto omnipresente como manifestación del inevitable final de la vida, portando guadañas. Un dosel superior daba realce a los símbolos regios: corona, espada y bastón real. Las caras de la pirámide y su base contaban con epigrafías en latín, donde se hace referencia a la ciudad de Montevideo – promotora del homenaje –, también presente con su escudo en el plinto o base del monumento.

 

La historia nos habla, asimismo, de catafalcos construidos en tiempos de la Patria Vieja. Durante el gobierno de Artigas, y por especial disposición del prócer, se construyó un túmulo en la Iglesia Matriz en homenaje al caudillo argentino Blas Basualdo, muerto en Montevideo en 1815, desconociéndose hoy su forma y componentes iconográficos exactos por la ausencia de registros gráficos. Es interesante observar que este catafalco estuvo destinado a un personaje de origen indígena, siendo por tanto uno de los primeros – sino el primero – que en la América emancipada homenajea a un aborigen.

 

Posteriormente, en tiempos de La Cisplatina, se construyó el catafalco de la princesa Leopoldina de Austria, esposa de Pedro I, emperador de Brasil, en la capilla San José de la Caridad. Si bien tampoco se conoce su diseño, nos comenta el cronista Isidoro de María que se trataba de una pieza excepcional para el contexto montevideano. Este túmulo pudo ser proyectado por Carlos Zucchi, importante arquitecto académico formado en Francia y que fuera, años más tarde, autor del primer proyecto del Teatro Solís.

 

Durante la república, y de acuerdo a dibujos realizados por el artista Besnes e Irigoyen, conocemos algunos catafalcos como los dos erigidos para el vicario apostólico José Benito Lamas – uno en la Iglesia Matriz y otro en la de San Francisco –, así como también el del general Manuel Oribe, registrado por el artista Wiegeland. De este último catafalco se conoce una publicación que describe las exequias en forma detallada, día por día, así como interesantes anotaciones acerca del aparato escénico correspondiente. Su montaje constituyó una operación de puesta en valor de la persona y de la figura del héroe, además de ser un verdadero relato de nuestra historia fundacional. Para esto es que se expusieron junto al túmulo sus títulos y condecoraciones, resaltando los hechos históricos vinculantes a Oribe, así como algunas pertenencias personales: su sombrero y su espada, los cordones con que fue condecorado luego de la batalla de Ituzaingó, etc.

 

Catafalco erigido en recuerdo del General Manuel Oribe, Catedral de Montevideo. Grabado de Wigeland.

 

Sobre el cuerpo del túmulo había epígrafes recordatorios de fechas y hechos gloriosos y a sus flancos estaban presentes dos banderas históricas: la de la Cruzada de los 33 y la de la Guardia Nacional. Este documento gráfico aporta, sin duda, interesante información social ya que puede verse en él la presencia de población montevideana – hombres, mujeres y niños – contemplando el túmulo rodeado de grandes telas negras y piezas militares como cañones y municiones. Se trata de una imagen impactante, tanto por forma como por dimensiones, operando sobre la cultura visual del colectivo social, donde la muerte es exaltada y codificada mediante un duro protocolo artístico y ritual.

 

Otros dos importantes catafalcos del siglo XIX, de los que conocemos su conformación fueron: el de los llamados Mártires de Quinteros y el del general Venancio Flores. Del primero contamos con una excelente descripción a través de un relato epistolar, y del segundo existe una fotografía.

 

La correspondencia mantenida entre ciertos actores sociales del Montevideo decimonónico permite comprender el catafalco levantado para el recuerdo de aquellos militares del Partido Colorado, muertos en la batalla de Quinteros. El catafalco se levantó en 1866, ocho años después del suceso trágico, alentado por el gobierno del general Venancio Flores, con propósito político, reivindicatorio y propagandístico. A efectos de imaginarnos cómo era este túmulo interesan algunas observaciones que surgen del citado epistolario:

 

Sobre dos extensas gradas reposaba un gran pedestal, con ángulos salientes, como de seis varas de ancho por cinco de altura, del cual se destacaba una gran columna cuadrada de forma piramidal […], en cuya cúspide se levantaba una efigie de bulto de tres varas de altura representando la Fé. Así que la elevación del catafalco era de 19 a 20 varas y la estatua de la Fé llegaba al nivel de la galería que cierra la bóveda de la media naranja –cúpula de la iglesia–. El catafalco era de madera y lienzo representando mármol; la estatua de yeso.

 

Más adelante refiere a medallones incorporados con los nombres de los mártires, dando una idea del conjunto monumental, tras del cual estaba un realizador apodado Bramante y un supervisor general que era el pintor Juan Manuel Blanes. De la descripción puede concluirse que tal catafalco fue factor inspirador para el monumento funerario que se levantó luego, en el Cementerio Central, por parte del escultor José Livi.

 

Monumento funerario a los Mártires de Quinteros, Cementerio Central.

 

El propio Flores contó también, a su muerte, con un catafalco que fue – casi con seguridad – el más antiguo que captó la cámara fotográfica en nuestro país. La toma pertenece al fotógrafo Alfredo Vigoroux y fue realizada en el año de la muerte del General Flores: 1868, dos años después de la de los mártires de Quinteros. Este túmulo se construyó en la Iglesia Matriz y al igual que aquel contaba con una alegoría femenina – incluso podría ser la misma reutilizada, tal como era frecuente en España – que más que a la Fé parecía representar a una República consternada por el asesinato de Flores. En lo superior de la pirámide se ubicaba un busto del ex primer mandatario junto al escudo nacional, exponiendo un proceso extremo de identificación física con el muerto.

 

El siglo XX no eludió la realización de estos monumentos funerarios, pero estos se inscribirían ya en la lógica secular establecida en el campo político, saliendo del interior de las iglesias para incorporarse a ámbitos institucionales laicos – frentes de diferentes edificios públicos como la Universidad – y de ciertos conglomerados como lo fueron las asociaciones de inmigrantes y de profesionales. Quizá las grandes coronas de flores, cada vez menos frecuentes en velorios y entierros, sean hoy las herederas más tardías de aquellos viejos catafalcos.

 

Imagen destacada: Catafalco erigido al rey Carlos III, en las exequias que tuvieron lugar en Montevideo en 1789.

 

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Escrito por:
William Rey Ashfield
William Rey Ashfield