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De blancos y azules

16 julio 2021

Por su matriz profundamente sincrética y su valor artístico, el azulejo portugués es una de las expresiones más originales de la cultura lusitana. Basta recorrer las calles de Lisboa, sus parques, mercados  o su metro, para descubrir la omnipresencia y vigencia de un patrimonio cerámico que ha sobrepasado ampliamente su mera función utilitaria y su destino decorativo para alcanzar el estatuto trascendente de arte.

En la arquitectura, el campo de aplicación del azulejo va desde los detalles de marcos de puertas y ventanas en cantería, hasta el revestimiento sistemático de la totalidad de las fachadas, confiriéndoles con sus variaciones de diseño una envolvente brillante y policromática sin la cual el paisaje urbano portugués no sería lo que es. Interesantes ejemplos de esta colorida costumbre pueden apreciarse también en numerosas ciudades brasileñas, cuyas fachadas azulejadas son un inconfundible testimonio del pasado lusitano de este lado del Atlántico.

 

Mención especial merecen los magníficos murales “de autor”, fruto de una práctica que perduró a pesar de la progresiva industrialización de la producción cerámica. En ellos se juega con motivos florales y alegorías que cuentan historias, mitos y leyendas a través de imágenes desplegadas en un sinnúmero de iglesias, claustros, palacios, casas, jardines y edificios.

 

Mural de azulejos portugueses en el Hall de acceso del Museo del Azulejo

 

Si bien la producción de azulejos portugueses ha sido cuantiosa y muy variada a lo largo del tiempo, extendiéndose su aplicación en tiempos coloniales a regiones que van desde Brasil a la India, pasando por las diversas latitudes de África, en nuestro medio su presencia se limita a muy pocos exponentes. Esto se debe a que no hubo aquí en los siglos XIX y XX una corriente importadora comparable a la que propició la llegada masiva de piezas cerámicas de otros países europeos.

 

Uno de los más destacados testimonios de procedencia portuguesa que podemos encontrar en Montevideo es un mural ubicado en la casona que desde hace varias décadas alberga el Círculo de Bellas Artes. La antigua residencia del escritor Raúl Montero Bustamante, inspirada en la tradición hispánica y proyectada por él mismo con asesoramiento de su suegro, el poeta Juan Zorrilla de San Martín y el hijo de éste -el escultor José Luis-, constituye un entorno por demás propicio para esta obra, que representa una escena bucólica de un paseo en barca por un lago. El carácter amable de la temática es reforzado por la posición central asignada en la composición al barquero, que ha dejado el remo para tocar el laúd y amenizar el paseo de la pareja a bordo de su barca, al momento de abrirse paso entre dos cisnes. 

 

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Mural de azulejo portugués. Jardines del Círculo de Bellas Artes. Antigua casa Montero Bustamante.

 

Los azulejos están pintados con suaves tonos de azul claro sobre fondo blanco. Este delicado cromatismo es un rasgo distintivo que en los azulejos portugueses comienza a desarrollarse hacia fines del siglo XVII como resultado de la influencia holandesa. Allí se construye una larga experiencia en la construcción de azulejos, fundamentalmente los llamados azulejos de Delft, que impusieron el gusto por el predominio del azul  y el blanco, compitiendo en la preferencia del público, incluso, con la preciada porcelana china de la dinastía Ming.

 

Una inscripción revela la autoría y fecha de la obra ubicada en el jardín del Círculo de Bellas Artes: “Jorge Colaço Lisboa-2-12-1921”. Se trata de un pintor que vivió entre los años 1868 y 1942, conocido por sus grandes murales en azulejo realizados para la Fábrica de Sacavém y, más tarde, para la Fábrica Lusitânia, ambas de Lisboa. Su obra es responsable de la permanencia, ya en pleno siglo XX, de un gusto historicista cargado de romanticismo.

 

Quien pase por la sede del Círculo de Bellas Artes en la calle Tabaré, además de apreciar las cualidades de una obra singular como el mural, también podrá descubrir variados detalles de azulejería portuguesa en su vertiente ornamental. Su presencia en elementos como el pozo de agua en el jardín, la escalera de acceso, el marco del nicho de la fachada o la estufa del interior aporta notas de color y juego formal que rápidamente son advertidas por la mirada.

Si bien los exponentes portugueses constituyen una parte relativamente acotada dentro de la colección de más de cinco mil piezas que exhibe el Museo del Azulejo ubicado en la calle Yí, la variedad de la muestra es ilustrativa de su potencial creativo. Diseños con motivos que van desde simples figuras geométricas, repetidas según precisos patrones organizativos, hasta complejos arabescos conformados por varias piezas, pasando por delicadas y singulares florituras, dan cuenta de la riqueza de una tradición en la que coexiste lo artesanal y lo industrial, manteniendo plena vigencia en su país de origen.

 

 

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Escrito por:
Christian Kutscher
Christian Kutscher