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Ahora la pelota la tienen ellas

07 abril 2022

Sobre el fútbol femenino en Uruguay

En algún punto de la historia, a una persona se le ocurrió que patear una bola de cuero podía ser divertido. Dicen los registros que, quizás, ese alguien fuera un griego de la antigüedad, posiblemente un hombre, y que lo que acababa de inventar no era el fútbol, sino una versión más primitiva que después se denominó episkyros. Hoy es fácil imaginarlo en medio de las áridas planicies del imperio, impulsando con la punta de los dedos la improvisada pelota mientras la toga blanca se le enreda en las rodillas, pero es un poco más complicado hacerse una idea de qué podría estar pensando él respecto al deporte que seguramente no sabía que había ayudado a crear. ¿Supo, en aquel entonces, que el pasatiempo evolucionaría e involucraría a más de 270 millones de personas en todo el mundo? ¿Lograría este eventual muchacho griego entender los millones de dólares que se mueven detrás de un negocio plagado de intereses y corrupción? ¿Comprendería cabalmente lo que significa dar la vida por los colores del equipo? Y, sobre todas las cosas, ¿en su cabeza lograría entrar que gran parte de los actores que hoy mueven a este deporte a nivel global son las mujeres, las mismas que en su sociedad estaban relegadas a tener un papel secundario? Es probable que no.

 

Pero sucede que las mujeres han demostrado que están hechas para romper moldes, y el fútbol, en ese sentido, tampoco se les ha escapado de las manos. Ya en el siglo XIX, cuando hasta el sufragio era una realidad utópica y patear una pelota era cosa de unos pocos, ellas ya correteaban en canchas de Inglaterra con vestidos diseñados para la ocasión. Y aunque durante muchas décadas la versión femenil del balompié estuvo signada por la prohibición –el mundo patriarcal adujo que se jugaba con demasiada violencia para sus “frágiles” complexiones físicas– a partir de 1860 se convirtió en una realidad. Y como ha sucedido a lo largo de la historia de las conquistas femeninas universales, la fundación del primer club de fútbol femenino –el British Ladies Football Club, creado en 1894– también fue una declaración de principios: su impulsora, la activista Nettie Honeyball, proclamó a los cuatro vientos que el nacimiento de su club, además de darle un lugar establecido a las mujeres que pretendían meterse más y más en el mundo de la pelota, demostraba la capacidad de emancipación del género femenino y la necesidad de que por fin se alcanzara representación en el Parlamento.

 

La historia sigue y es larga. Incluye más años de prohibición –la propia FIFA negó la existencia del fútbol femenino hasta 1971–, de sueños que se frustraron y de una popularización cada vez más global. Pero podemos tranquilamente saltarnos todo eso e ir estrictamente al presente, porque lo que allí espera es mucho más auspicioso. El Campeonato Mundial en Francia, que coronó a la Selección de Estados Unidos –una de las potencias globales– fue un éxito de público y de audiencia. Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, dijo que es el único evento mundial que puede llegar a compararse con el mundial masculino en convocatoria. Al mismo tiempo, la influencia de estrellas de la cancha como las estadounidenses Megan Rapinoe y Alex Morgan o la brasileña Marta es cada vez mayor y sus declaraciones o discursos llenan cada rincón de las redes sociales. De hecho, Rapinoe fue noticia cuando en su discurso de aceptación del premio The Best lanzó una encendida llamada a cambiar las cosas desde adentro: “Tenemos una oportunidad única para usar este bonito juego para cambiar el mundo y hacerlo mejor. Hagan algo. Hagan lo que sea”, dijo.

 

Con la bandera del fútbol femenino cada vez más en alto, las mujeres han encontrado también su lugar dentro de la manifestación masculina del deporte. Ya no es raro ver que los árbitros en partidos de hombres sean mujeres, o que los equipos de primera línea en el mundo confíen en preparadoras físicas y médicas a la hora de completar sus equipos técnicos. Y Uruguay, que tiene el fútbol entre ceja y ceja y que en materia de igualdades parece querer ir siempre en el asiento de adelante, tampoco escapa del fenómeno.

 

La vista desde la cancha

 

Las historias de las jugadoras uruguayas Valeria Colman y Sofía Olivera tienen puntos que coinciden y alguna que otra diferencia circunstancial. Para empezar, ambas son referentes en los equipos de primera división de los dos cuadros grandes del país: Colman tiene 29 años y juega en la defensa de Nacional, equipo que además capitanea; Olivera, en tanto, tiene 28 y es arquera del primer equipo de Peñarol, que en la última temporada ganó el torneo local por tercera vez consecutiva. Ambas conocieron las carencias a las que se enfrentó el fútbol femenino uruguayo en épocas anteriores, sufrieron el desinterés por parte de dirigentes que solo tenían ojos para el mundo masculino y las dos, ya en equipos profesionales que lograron establecerse a pesar de las dificultades, gozan ahora de ciertas comodidades que se han ganado a pulmón y en base a disputas que muchas veces exceden a lo que pasa adentro de una cancha.

 

 

Sofía Olivera, arquera de Peñarol

 

Sus orígenes en el fútbol son similares. Valeria Colman –que además es miembro del plantel mayor de la Selección uruguaya– supo desde chica que lo de ella era ir detrás de la pelota, pero tuvo algunos obstáculos para poner en práctica su pasión. Corrió y pateó en los campitos del barrio Villa García a la par de sus amigos varones, pero cuando quiso anotarse en un club de baby fútbol, tuvo que esperar; allí no había lugar para las chicas. Entre idas y vueltas, ya de adolescente logró probarse en Nacional y quedó seleccionada, pero dos años después tuvo que abandonar para completar el liceo debido a que los horarios se superponían. Con la secundaria en el bolsillo, Colman pudo retornar a su club y de allí, a la Selección uruguaya.

 

 

Valeria Colman, capitana de Nacional

 

 

Sofía Olivera también se dio cuenta de que lo suyo era el fútbol enseguida, y por eso dedicó gran parte de su infancia a recorrer las canchitas del Cerro de Montevideo junto a su hermano mayor y la pelota debajo del brazo. Pero la historia de Colman se repite en Olivera: cuando quiso anotarse en Cerromar, un equipo de baby en el que su hermano había comenzado a practicar, le dijeron que no. No había lugar para niñas. Y lo que siguió a partir de allí fue un camino de ensayo y error, porque pasó de un equipo al otro, siempre buscando el que le diera las mejores posibilidades para formarse en lo que ella consideraba que era su futuro. Comenzó en Rampla, pero tenía demasiadas carencias y por eso se pasó a Cerro. Pero allí la cosa no fue mejor, porque de un año al otro el club dejó de apostar al femenino y liquidó el equipo. Por el contacto de unas amigas, terminó por probarse en Peñarol. Y ahí sí: su suerte cambió.

 

“Era todo mucho más profesional”, recuerda Olivera. “Se entrenaba de lunes a viernes, había entrenador de goleros. En Cerro teníamos que llegar media hora antes a la citación para colgar las redes de los arcos, para pintar las líneas con cal. Teníamos que hacer rifas, poner plata para poder jugar. Peñarol se parecía más a lo que yo soñaba o esperaba del fútbol”.

 

Ese profesionalismo del que habla la guardameta del primer equipo de Peñarol es algo que se ha ido arraigando en el fútbol femenino uruguayo de a poco y siempre en base a un trabajo de hormiga de las propias jugadoras. Sin embargo, hubo un quiebre: desde que la FIFA estipula que los equipos que tengan intención de participar en copas internacionales deben tener planteles de los dos géneros en competencia, varios son los interesados en mantener a flote proyectos que hacía un tiempo, quizás, se morían incluso antes de nacer.

 

Asimismo, las dos jugadoras aseguran que desde la Asociación Uruguaya de Fútbol también se ha buscado impulsar el lugar y la voz de la mujer, ya sea con la presencia de la presidenta del fútbol femenino, Valentina Prego, en la toma de decisiones, o con las acciones en las que las propias futbolistas se han visto involucradas. Sin ir más lejos, en marzo de este año Colman, en representación de sus pares, pudo votar en la elección del nuevo presidente de la AUF. Fue un momento histórico que marcó que las mujeres en el fútbol uruguayo tienen el espacio para participar en las instancias definitorias.

 

“Fue bastante raro estar en ese ambiente”, recuerda ahora la jugadora de Nacional. “Para nosotras era todo muy nuevo y diferente. Cuando pasó el tiempo, recién ahí le dimos la importancia que tuvo. Está bueno que se haya empezado así. Hay que sumar fuerzas para mejorar el fútbol femenino y el fútbol en general”. Y si la palabra mejorar aparece es porque aún queda mucho trabajo por delante, aun cuando la salud de esta rama del deporte más popular del mundo parece estar progresando. “Todo ha crecido mucho. Hoy en Sub-16 hay alrededor de dieciocho equipos, algo impensado hasta hace algunos años. Hay una base grande y se puede notar que vamos a tener un futuro bastante bueno, porque ya las chicas de las formativas empiezan a tener mayor continuidad. En la Selección también hay más apoyo. Se está empezando a trabajar en un proceso a largo plazo, algo que antes no existía porque se armaba todo un mes antes de las competencias. Hoy se sabe lo que se quiere y hay un cuerpo técnico sólido que se mantiene”, explica Colman, que enseguida aclara que tampoco hay que tirar manteca al techo, porque a excepción de Peñarol y Nacional, son pocos los clubes que pueden mantener a sus planteles libres de las necesidades económicas. Reconoce, de todas formas, que eso es un patrimonio que también alcanza al fútbol masculino. “Muchas veces los clubes al femenino le dan su nombre y le pagan el campeonato para tener la licencia de Conmebol y nada más”, asegura.

 

Olivera, por su parte, también es optimista pero no olvida lo que ella misma vivió en los equipos en los que estuvo previo a su pase en Peñarol. “Todavía hay equipos en los que las jugadoras ponen plata de su bolsillo para jugar”, dice. “Hoy estamos muchísimo mejor. Muchos se sorprenderían de las cosas que pasaban en 2005 o en años anteriores. Hay un crecimiento muy notorio y hoy sabés que hay muchos cuadros que tienen futuro en el profesionalismo. Poder estar pensando en jugar y nada más ya es un montón. Tener un cronograma del año sabiendo cuándo vas a poder entrenar, que vas a tener ropa y pelotas, que va a haber profesionales involucrados. Hay varios cuadros que tienen eso, y el resto está tratando de hacerlo y de emparejar la calidad y la competitividad”.

 

La exposición y la mujer

 

Durante mucho tiempo, el público y los medios le dieron la espalda al fútbol femenino en Uruguay. No se hacían crónicas en los diarios, no había minutos en televisión, a la cancha iban los familiares. Colman y Olivera lo saben: eso cambió. Y es una gran noticia, porque la exposición es cada vez mayor –esta misma nota es otra evidencia– y desde hace un tiempo les suceden cosas insólitas. Ahora sí puede pasar que alguien las cruce en la calle, las reconozca y las felicite.

 

Así lo siente Olivera: “Hasta hace poco ni me esperaba que pasaran un resumen de un partido de femenino en la tele. O en los diarios. Ni que hablar de las redes sociales, que explotan hablando de nosotras. Aunque en las redes también tenés a las personas que todavía no abren la cabeza, creo que ya son la minoría. La mayoría apuesta a ver, a ir, a informarse o estar involucrada”.

 

Pero la rama femenina del fútbol no es el único lugar en el que las mujeres inciden cada vez más. El referato también está encontrando su cuota femenina y Uruguay tiene en su plantel de árbitros internacionales a un puñado de mujeres que están haciendo historia. Una de ellas es Claudia Umpiérrez, que participó en cuatro mundiales en su carrera y que ya ha tenido a sus órdenes varios partidos del campeonato uruguayo masculino.

 

Umpiérrez analizó el estado del fútbol femenino y el rol de las mujeres en una entrevista con La diaria en junio de 2019. Entre otras cosas, la encargada de impartir justicia en el campo de juego aseguró que en Uruguay se ha “mejorado, pero aún estamos muy lejos”. “Falta un compromiso real de todos, apoyando, difundiendo y valorando el esfuerzo que hacen las jugadoras desde hace años para poder competir casi sin ningún apoyo en comparación con el futbol masculino. Confío que pronto la cosa comience a cambiar, porque hay buen nivel y gente que trabaja mucho en busca de ese objetivo”, cerró Umpiérrez.

 

Para Olivera, el camino hasta este punto ha sido largo y costó mucho esfuerzo. Confía, sin embargo, en que las mujeres están logrando hacerle ver al mundo cada vez más que tienen la capacidad necesaria para enfrentar cualquier desafío, ya sea dirigencial o futbolístico. “Hoy se ven mujeres arbitrando o médicas en partidos de hombres. Y eso marca que una gran parte del fútbol abrió la cabeza y que entendió que esto no es por género, sino que es capacidad. Yo de verdad creo que en muchos rubros hay mucha gente capacitada que no pudo llegar a donde se merecía por un tema de género. Pero ellas fueron quienes comenzaron con esto y que hoy podemos disfrutar nosotras”, dice.

 

Tanto ella como Colman tienen referentes en el fútbol internacional. Como buenas jugadoras, viven y respiran fútbol, por lo que conocen muy bien lo que sucede en el mundo. Pero hay una pregunta que las toma por sorpresa: ¿entienden que, de alguna manera, son referentes y le están abriendo el camino a niñas que hoy hacen sus primeras armas en el fútbol?

 

“Siento que por la Selección y la exposición en los medios puede llegar a pasar, pero creo que todas las que estamos en esto o que ocupamos algún puesto tenemos algo de referentes. Porque nosotras tenemos que dar el ejemplo, tenemos que cambiar el fútbol femenino para todas estas chicas que llegan con ilusiones. Capaz que nosotras no llegamos a disfrutarlo, pero esperemos que ellas sí”, cierra Colman. Olivera, en tanto, es un poco más escueta, pero el sentimiento es el mismo: “Trato de mejorar todos los días para que, quizás sí, en un futuro alguien pueda decir que hay un camino que ayudé a marcar. Me gustaría saber que pude dejarles algo”.

 

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Escrito por:
Emanuel Bremermann
Emanuel Bremermann